En busca de este retazo de naturaleza, el caminante echa a andar desde el Ayuntamiento de San Agustín. En las afueras del pueblo, el asfalto deja su paso a la tierra y por una ancha pista discurre un largo trecho entre sembradíos, que ahora descansan en barbecho, a los que siguen fincas ganaderas y algunos chalés, que se agrupan en muy poco terreno como si tuvieran miedo de los amplios espacios que se contemplan desde el camino. Una breve cuesta conduce hasta una plazoleta que se ubica al pie de una finca abandonada perteneciente al Canal de Isabel II.

En su parte trasera se inicia un camino apenas marcado, que trepa por una empinada ladera, dejando a la derecha algunas canteras abandonadas y marchando al encuentro de un tendido eléctrico, donde se une con un camino un poco más ancho que surge a su izquierda, prosiguiendo cuesta arriba. Se trata de un corto tramo en el que se discurre por un agradable soto, que, a pesar de sus reducidas dimensiones, cuenta con una completa representación de los árboles que componen el bosque de galería.

Al final de la pendiente se alcanza una recia valla de piedra, en la que se abre una cancela, y una vez traspasada la linde, se penetra en la dehesa de Moncalvillo, que permanece inalterada desde hace siglos. El camino emprende un suave descenso, al tiempo que gira a la derecha, recorriendo la falda del monte cuajado de encinas. Entre sus huecos se contempla la armonía de este bosque ancestral, que alcanza el horizonte, señalado por la inconfundible silueta del cerro de San Pedro. El denso tapiz de encinas y enebros, trepa majanos y desciende hasta el fondo de las abruptas barranqueras.

En Moncalvillo es posible contemplar dos tipos de encinares en función del suelo en el que se desarrollan. En suelos silíceos, crece un sotobosque de jaras, tomillo y retamas, mientras que en terrenos calizos, más ricos en especies vegetales, florece la cascoja, el romero y el espino negro.